| LA MICRO PIRATA |
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| Escrito por Marco Coscione | |
| martes, 22 de diciembre de 2009 | |
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LA MICRO PIRATA Un día cualquiera, con la excepción de que hacía mucho calor… mi mañana está marcada por la rutinaria vida del estudiante universitario en un mes de pruebas: siempre falta alguna hora de sueño, alguna página por leer, algún apunto por revisar. Ya no hay tiempo para cambiar las cosas… Salgo de la estación del metro Irarrázaval y me esperan los rayos de un sol caliente, demasiado caliente. Por fin es verano, ¡pero pucha!, ni un poquito de brisa… Empiezo a soñar despierto. Mi mente y mis deseos fluyen entre playas caribeñas, sus palmeras, la arena blanca y las lánguidas aguas tibias, y fríos mares del Norte con sus locos hielos perennes. El blanco de la nieve refleja los rayos del sol… los parabrizas también. Mis ojos imaginan una roja puesta de sol y de repente una verde aurora boreal… sólo estoy soñando, y el semáforo me obliga una vez más a aterrizar. Rojo, verde. Ya puedo cruzar.
Ando un poco lento de reflejos, pero logro
esquivar los peatones que llegan desde el otro lado. ¿Por qué tanta prisa? ¿Por
qué tanta frenesí? ¿Qué es lo que mueve a esta gente tan rápidamente y poco
animosamente hacia su meta perdida? ¡Despierta Marco! Estás en Santiago y la
respuesta es: el trabajo.
Mi cuerpo se confunde con los de otros jóvenes:
altas y gordos, chasconas y pelados, bellas y feos. Carpeta en la mano, mochila
en la espalda, los más asociales con sus audífonos último modelo y los lentes
de sol. ¿En qué estarán pensando? ¿Qué estarán mirando? Normalmente me gusta
desafíar las miradas de los demás, o quizás simplemente jugar a encontrarlas y
dejarlas en un espacio temporal que tiene algo de romántico y algo de atrevido
al mismo tiempo. Pero hoy ando medio cansado y mi mirada no sube más allá de
las rodillas.
All Stars de miles colores, Adidas, Reebok y
Puma de tobillo alto como en los ‘80, Havaianas brasileñas (extraña
combinación), sandalias de cuero, zapatillas de feria y naturalmente la diosa
griega de la victoria, Nike, sponsorizando camino de las nuevas generaciones…
ojala hacia el futuro. Blanco, rojo, amarillo, blanco con rosado. Negro. Negro.
Interminables cordones negros suben casi hasta las rodillas, ahí empieza un
abrigo de piel, negro, que esconde unos pantalones de cuero, negros. Todavía no
me había adentrado en la observación de las piernas y de la zona inguinal, pero
ese negro me llamó demasiado la atención.
Mis ojos suben, escaneando aquellas prendas
tan… tan… invernales. Lo primero que pienso es ¿Cómo chucha puede soportar el
calor? Pero la curiosidad es demasiada y la radiografía de aquel cuerpo
desafiante sigue sin vergüenza. Camisa negra y un chaleco de piel, naturalmente
negro. En las manos se nota algo raro: las mangas de la camisa terminan con una
bordadura redondante, telas y diversas clases de hilo se juntan en un juego de
círculos y rayas. Las uñas del caballero están pintadas… de negro. Por un
momento pienso que el cansancio obligó mis ojos a cambiar el chip, y regresar a las viejas pelis en
blanco y negro, pero un morado sombrero a tres puntas cierra el cuadro gótico al
cual estaba asistiendo en mi ritunaria mañana de verano.
Nuestras miradas se cruzan, pero es solo un
momento. La 506 acaba de llegar y todo el mundo se prepara para subir. Mientras
estoy esperando mi turno, por fin recuerdo el nombre: Jack Sparrow. Así es.
Jack Sparrow. El loco que acabo de ver se parece tremendamente a él. El bueno
pirata malo o el malo pirata bueno de la trilogía “Piratas del Caribe”. ¿Se
acuerdan de él?
Sonrío, casi me río solo… ¡bip! Ya estoy
adentro. Me muevo rápido hacia la parte trasera de la micro, como siempre la
entrada está llena de gente. Con más dificultades esquivo los pasajeros que
todavía están bajando. ¿Soy yo el que hoy va contra corriente? Atrás encuentro
un rinconcito.
“¡Permiso!”,
una voz profunda y grave se escucha provenir desde la entrada. Será un
vendedor, pienso, pero despué no se escucha nada, nada de helados, nada de
otros productos a los mejores precios. Pronto la misma voz se acerca, a veces
va y a veces viene. Para acá y para allá. “Damas
y caballeros, como se habrán dado cuenta, ya no existen los piratas de antaño.
Yo soy uno de los pocos supervivientes”.
No me lo puedo creer, es él. De verdad era un
traje de pirata entonces, de verdad es Jack. Sonrío. “Los piratas de hoy ya no respetan los códigos de honor, no respetan los
mares y sus habitantes, no respetan su fuerza y su generosidad”. Todos los
pasajeros están bastante sorprendidos por aquella presencia. Escuchar a un
cantor o ver a un mimo quizás sea más común, pero el “arte pirata” no lo
conocen. Para mí también es la primera vez. Pero Jack tiene talento, nadie
habla, todo el mundo lo mira interesado, en riguroso silencio escucha e intenta
descifrar los mensajes del “pirata bueno”.
“Se han
olvidado los buenos modales, la genuina sinceridad y el compromiso marinero con
los cuales atacábamos los barcos y saqueábamos los puertos de los ricos y
prepotentes reyes del mundo. Ahora, estos piratas están al servicio de los
potentes. Llegan aquí y se roban todo, nos quitan todo y no nos dejan nada a
cambio. Marcan indeleblemente nuestro futuro solo por su codicia irrefrenable.
Ya no es tiempo para nosotros los piratas buenos”.
Pienso en el “Partido Pirata” sueco, joven y
extraña conformación política cuyo objetivo principal es reformar el sistema
del copyright y de las patentes,
también para permitir un compartir libre y gratuito de las artes, de las
culturas, de los conocimientos. Pienso en las palabras de Hernán, ex presidente
del Sindicato de Cantores Urbanos de Chile, cuando me contaba que uno de los
principales objetivos del sindicato es justamente llevar la música, la poesía o
el teatro a los que no pueden permitirse comprar un CD, un libro o la entrada a
un recital. Para estas personas el único “espacio público” donde compartir por
lo menos dos horas de “no-trabajo” con los vecinos o los compañeros es la
micro.
Jack salta de un lado a otro, de proa a popa.
La micro es su galeón pirata, los hoyos y los lomos de toro de la calle también
son parte de la escenografía y obligan la micro a reproducir el ritmo
ondulatorio de las olas. Es un océano en plena tempesta tropical. Jack agarra
la soga, y por suerte la curva no se lo lleva a la profundidad del abismo.
Aplausos.
Como por la mayor parte de los artistas de las
micros ha llegado el momento de las explicaciones. “Espero que les haya gustado esta pieza teatral… como algunos
seguramente han podido intuir, los piratas malos son estas grandes
transnacionales que están acabando con el planeta, el único que tenemos. Son
las que nos roban el agua destruyendo glaciales y el ecosistema de los valles,
son las que depredan nuestros bosques, plantan eucaliptos y construyen papeleras
altamente contaminantes”. Escucho las dos chicas sentadas a mi lado, una de
ella explica a la otra como los monocultivos afectan los terrenos, lo hablaban
con el profesor de biología en la última clase. Desde el fondo de la micro un
cabro grita “¡además cada eucalipto se
toma 30 litros de agua al día!”. “Sí
compadre”, responde Jack, “tení toda
la razón. Pero allá en el norte como en el sur también hay piratas buenos,
campesinos, pescadores, pueblos originarios que cotidianamente libran sus
luchas en contra de este inmundo saqueo, en contra de estos grandes poderes que
quieren manipularnos la vida, etiquetarla con sus marcas o patentarlas a su
gusto. Y por estas razón los criminalizan, los tratan de terroristas y nos les
dejan navegar en paz”.
Pienso en lo que los integrantes del Movimiento
Sin Tierra brasileño llaman “biopiratería”: los investigadores de las
transnacionales se infiltran en los pueblos originarios de la Amazonía como
falsos misioneros o falsos científicos que van a investigar los efectos médicos
de ciertas plantas medicinales que desde siempre los indígenas han utilizado
como remedios a varias enfermedades. Roban saberes y conocimientos indígenas y
los patentas como propios. Para después venderlos y lucrar.
“Por este
motivo yo me subo a las micros e intento entretenerles a Ustedes, los viajeros,
pero al mismo tiempo quiero dejarles algo, un mensaje que Ustedes mismos puedan
reproducir en sus lugares de trabajo, de estudio, en sus comunidades. Para
poder cambiar este mundo y mejorarlo necesitamos el compromiso de todos,
también de los artistas”.
Pienso en Jack Sparrow y en la tripulación del
Perla Negra; pienso en cómo, en la última pelicula, salvan sus vidas
balanceando el barco y dándole una vuelta de 180 grados. Se salvan mirando al mismo
mundo desde otra perspectiva, la opuesta, la otra. Ojala nosotros también
pudieramos invertir pronto la ruta. Cambiar nuestro destino y empezar a caminar
o navegar de otra forma. Entender el funcionamiento de la verdadera brujula del
tiempo y del espacio.
El joven pirata, con su traje de cuero bajo 32
grados de verano, nos lo recordó de esta manera: sus gestos, sus palabras, su
actuación en el “galeón 506”, dificilmente podré olvidarlos. Quizás nos
recuerden a todos que sí hay tiempo para poder actuar… |
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| Modificado el ( miércoles, 20 de enero de 2010 ) |
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